17/05/2020

Por José Luis Ibaldi VOLVER

Rituales

Nuestra vida está llena de rituales, aunque no seamos conscientes de algunos de ellos. Desde la manera de saludarnos -que ahora está suspendida hasta nuevo aviso-, la costumbre de encontrarnos a tomar un café o unos mates -también en latencia por estar recluidos-, o el hábito de agradecer los alimentos antes de comerlos, hasta las fiestas de Navidad y Año Nuevo, o cantar el Himno en las fechas patrias, por ejemplo.

En las sociedades primitivas, los rituales se practicaban para organizar la comunidad y para reforzar el sentido de los símbolos y valores. También eran instrumentos prácticos para que los más jóvenes los incorporaran a las habilidades que eran fundamentales para la vida grupal.

En nuestro país, fuimos acomodando y dándole valor legal a algunos rituales, aunque a veces me pregunto si realmente es así, cuando todavía, en alguna parte de nuestro cerebro mantenemos dicotomías entre la barbarie y la civilización.

Las guerras intestinas de mediados del siglo XIX entre unitarios y federales, cuyos rituales trogloditas eran degollar o fusilar a los perdedores, fueron sublimadas por la Constitución Nacional de 1853, es decir, los argentinos de entonces transformaron los primitivos impulsos instintivos en actos más aceptados desde el punto de vista moral y social.

Esto tuvo como contrapartida un poco de serenidad en los espíritus y se pudo hacer, con lucidez, un trabajo creativo, que instaló el progreso en nuestro querido país. Con inequidades, por supuesto, pero esa transformación dio lugar a que masas de inmigrantes llegaran a nuestro suelo y, con los lugareños, iniciaran una epopeya agropecuaria digna de contarse. Insisto, con inequidades, pero fueron ellas las que permitieron, civilizadamente fusionarse en un crisol y buscar caminos de entendimiento, forjaron instituciones sociales dentro de las cuales encontraron el abrigo, la protección y sin perder de vista la individualidad y el conjunto.

Sin embargo, hubo momentos en nuestra historia contemporánea en que nos hizo retrotraer a los tiempos geológicos, donde minorías adoradoras de la fuerza bruta y del más rancio fascismo de uno y otro lado se enfrentaron, protagonizando actos sangrientos que entraban en el Código Penal. Y volvimos a la democracia, camino del cual nunca debimos apartarnos. No obstante, aun persiste en la sociedad una minoría que tiene tendencia a prohijar porfiadamente grietas que no nos conducen a nada. O sí, nos conducen a la desesperanza, a la decadencia y a la ausencia de la multiplicación de pensamientos. Nos dejan sin futuro.

Señala un amigo constitucionalista que "el fascismo de izquierda o de derecha no pudo ni podrá aportar nunca una solución aceptable a los problemas humanos. No podrá ser una terapia sanadora porque es una enfermedad incurable y terminal: mata al individuo y corrompe infinitamente a las sociedades".

Lo único que nos puede salvar de estos ritos salvajes es el lazo de unión primigenio que existe en la palabra, medio de expresión humano que no tiene sustituto eficaz, electrónico o mecánico, cuando las personas necesitan acercarse una a otras, para enfrentar comunes circunstancias de la vida, del trabajo y de las necesidades económicas y sociales.

Cuando en la sociedad, pequeños grupos de idealistas trasnochados o liderados por psicópatas, desean inventar la pólvora y mostrarla como salida, debemos reinventarnos para buscar respuestas más certeras y que apunten a solucionar problemas del presente y proyectos de desarrollo para el futuro, en los debates serenos o airados, en ideas contrapuestas, propuestas y contrapropuestas, iniciativas audaces y prudentes que se deben dar en el seno de las instituciones de la República. Y si nuestros representantes no están a la altura de debates y de las soluciones; pues bien, hay que pedirles explicaciones de su proceder y en las próximas elecciones sacarlos con el voto. Y esto nos lleva a varias preguntas: ¿Estamos dispuestos a dejar atrás nuestros ritos de votar una lista sábana, donde están escondidos buenos y malos políticos? ¿Estamos dispuestos a tolerar a políticos y jueces corruptos? ¿Estamos dispuestos a dejar de lado a los caudillos mesiánicos, prometedores del oro y del moro? ¿Estamos dispuestos a participar activamente, para reorganizarnos como ciudadanos? Las preguntas son muchas y están en consonancia con nuestros ritos. ¿Hasta dónde y hasta cuándo?

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