02/02/2020

Por José Luis Ibaldi VOLVER

Mentira, mentira...

Desde hace muchos años, la mentira parece enseñorearse entre nosotros. Se ha enquistado tanto en nuestra sociedad que parece algo natural. Un jerarca nazi señaló algo nefasto y que la política y buena parte de los argentinos ha tomado como lema de cabecera: "Miente, miente, que algo quedará".

Sin duda, la mentira sistemática, las frases armadas y repetidas por políticos, sindicalistas, ideólogos, líderes de organizaciones sociales y demás yerba, pasa como verdad ante una sociedad adormecida, narcotizada, cansada, desgastada por tantos años de constante decadencia.

La gran mayoría compra mensajes falaces y como autómata los comienza a repetir como una letanía. Los jóvenes, sin importar de qué condición son, son los primeros en caer en esa trampa ideologizada.

Esta técnica lleva a seguir reproduciendo líderes paternalistas, autistas, verticalistas, patrimonialistas. No necesitamos exprimir mucho a nuestro cerebro para poner nombre y apellido a esos caudillos que hablan en nombre del federalismo y accionan como unitarios; a aquellos que hablan de pobres y se hacen encima de los pobres. A ninguno le importa un bledo el bienestar de la sociedad, su progreso, su desarrollo. Lo único que les interesa es SU propio progreso y desarrollo.

Alguna vez, la Argentina -aún con inequidades- supo estar mejor. Y si bien no podemos seguir llorando sobre la leche derramada, bueno es recordar que Colin Clark, economista británico que vivió hasta su muerte en Australia, escribió un libro que denominó "Las condiciones del progreso económico", y donde por primera vez introdujo órdenes de magnitud para comparar economías. Al tomar las estadísticas entre los años 1920 y principios de 1930, la Argentina estaba ubicada entre los siete países ricos y desarrollados del mundo. Pero, cuando Clark realizó una nueva edición de su libro, revisada, corregida y ampliada en 1957, la Argentina había desaparecido.

A veces, en la vida hay que detenerse para buscar en silencio y reflexionar, no sólo acerca de las condiciones de progreso sino del porqué de la decadencia.

A la mentira sistemática, simultáneamente dilapidamos la legitimidad constitucional. Y cuando la volvimos a recuperar, el gen Argento -ese terrible cáncer que corroe a la sociedad- nos hizo creer que las instituciones no nos gobiernan, sino que nosotros debemos gobernar a las instituciones. Esto no es ficción, es la realidad cotidiana que vivimos.

A la vez, desarrollamos el trabajo merced a un sistema económico de transferencia. El conjunto de los gobernantes llegó a la conclusión de que hay un sector próspero -el agropecuario-, y otros menos prósperos. Por lo tanto, hay que sacarle dinero y recursos al sector próspero para "ayudar" a los menos prósperos. Todo eso sin detenerse a estudiar el origen de esa prosperidad, fruto del trabajo empresarial y familiar, de la permanente incorporación de tecnología, y de una inversión a cielo abierto, asumiendo el riesgo climático.

Y como si todo esto fuera poco, el gen Argento que nos carcome la cabeza, nos dice diariamente que la Ley es un traje cortado a medida, donde los jueces imparten Justicia en connivencia con el poder de turno.

La mentira está inmersa en nosotros y generación tras generación se va fortaleciendo y adquiriendo anticuerpos. No tenemos escapatoria. ¿La moral? Ausente con presunción de fallecimiento.

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